El DJ, con las bandejas en el medio del mar
JOSE IGNACIO.- Podría ser uno de los personajes de "Peter Pan", no sólo porque su nombre y su apellido remiten a la inolvidable creación infantil de James Barrie, sino porque con un par de actitudes muy vitales, Peter Hook disimula bastante bien los años que lleva encima.
Al tipo ya nada le parece muy raro y su poder de adaptación a los nuevos tiempos, por lo que se ve, es formidable: ha creado para sí una división electrónica, portátil y andariega de New Order, la banda que integra, y con ella ha sumado su nombre a la larga y redituable lista de dijeys, quizás el oficio que más se ha transformado en los últimos años. Lo que hasta hace unas pocas décadas hacía casi cualquier cristiano con buena disposición -enhebrar un par de buenos discos para suscitar la danza entre amigos-, hoy se ha convertido en territorio restringido para verdaderos creadores capaces de reinventar la música en las febriles combinaciones de temas, sintetizadores y otros alardes tecnológicos.
Las contadas veces que Hook suelta la infinidad de perillas que comanda y aferra desde distintos ángulos, mientras todo su veterano cuerpo corcovea, planea como un avión con sus dos brazos extendidos que sacuden los sobrios tatuajes que luce en ellos y en su espalda.
Se lo ve muy a gusto, así en bermudas y sin remera, acariciado apenas por la templada brisa y algunos rayos de sol que se cuelan entre las nubes multicolores del atardecer, a 400 metros, mar adentro, de la orilla brava del balneario top José Ignacio, 38 kilómetros al noreste de Punta del Este.
Muy lejos de su Salford (Inglaterra) natal, en este bellísimo rincón del Cono Sur, Hook repasa una y otra vez un obeso carpetón repleto de CD para que la música no pare nunca. Lo hace, seguramente, en el lugar más peculiar que le ha tocado en suerte presentarse desde los tiempos en que fundó Joy Division, en los ahora tan reivindicados años 70.
Música a bordo
Su mesa de trabajo esta vez se encuentra en la cubierta de la goleta Gringo, una antigua embarcación a vela botada en Italia, en 1886, que su actual capitán, Fernando Zuccaro, rescató del fondo del río Luján y reparó minuciosamente durante diez años hasta ponerla a punto. Con 37 metros de eslora, ocho camarotes y un coqueto living, la nave zarpó de Berisso el miércoles último con una veintena de invitados VIP a bordo -nadie superó en estelaridad a Celeste Cid y Emanuel Horvilleur- en una travesía hacia el este uruguayo.
Dados los apacibles vientos que visitaron el Río de la Plata y el océano Atlántico en estos días, el recorrido duró más de la cuenta: un día y medio, todo un desafío para Hook, que, infatigable, le puso ritmo y gracia al viaje interminable que la muchachada de a bordo (nada que ver con Carlitos Balá) matizó con los nuevos tragos de la marca auspiciante (Gancia) del curioso evento. Todos aferrados a sus vasos helados menos Hook, feliz, pero demasiado ensimismado en sus perillas como para soltarlas.
Por Pablo Sirvén
De la Redacción de LA NACION